Por el Mtro. Juan José Carlos Ramírez Aguilar.

Ir a la tienda de la esquina y comprar agua embotellada, recibir el garrafón con agua perfectamente purificada o simplemente abrir la llave y recibir al instante agua regularmente potabilizada nos parece algo tan natural que con facilidad olvidamos la importancia de esta sofisticada industria básica, elemento indispensable para la vida humana.

Los primeros pobladores de Guadalajara encontraron un valle con innumerables arroyos, ríos y nacimientos de agua. Podemos encontrar aún por toda la actual mancha urbana rastros de esa abundancia: los manantiales de Agua Azul, el mismo río San Juan de Dios y sus afluentes, como el río Verde; los veneros de Atemajac, el Batán, Toluquilla, los Colomos o el Colli…

Pero una cosa es poblar un paraje con abundancia de agua y otra más complicada es distribuirla, almacenarla y democratizarla. Más complicado todavía es prepararla para saciar la sed de la población y todavía más enfriarla y conservarla para usos medicinales o para permitir los disfrutes sibaritas del hielo y las mezclas

Primero se excavaron pozos casi superficiales, desde los que todo tipo de aguadores con sus cántaros de barro, con odres y toneles los llevaban de las fuentes a las casas de los más pudientes, que pronto perforaron sus propias acequias particulares para extraer agua con la que saciaban su sed, regaban sus huertas, sus jardines y lavaban sus pertenencias y a sus animales.

Después se fueron construyendo acequias y canales abiertos que facilitaban la distribución del vital líquido, mientras los menos favorecidos la continuaban transportando a puro cántaro desde las fuentes públicas y las mujeres lavaban la ropa en las piedras de los ríos a palazo limpio, con lejía: en la forma ancestral y milenaria que une a todos los pueblos del mundo.

En el año 1731 llegó a Guadalajara un franciscano llamado Pedro Antonio Buzeta y desarrolló un sistema de almacenamiento y distribución para el agua de la ciudad que incluía un conjunto de galerías subterráneas que recolectaban los escurrimientos pluviales. Su diseño, con algunas mejoras introducidas por el Ing. Gabriel Castaños a fines del siglo XIX permaneció hasta 1933.

Fue ya en los años 50 cuando se cambió ese diseño sustentable, amable con el medio ambiente y de poco gasto de energía por el actual sistema que descansa principalmente en el bombeo de agua desde el lago de Chapala. Este proceso, desde sus inicios ya incluía medidas de potabilización para eliminar la contaminación bacteriana.

Con la llegada de la modernidad y el desarrollo industrial de la postguerra, comenzó en Guadalajara la instalación de plantas embotelladoras de agua para distribuirla en los hoteles, restaurantes y hogares tapatíos modificando los métodos tradicionales de tratamiento que consistían simplemente en hervir el agua: ahora se procesaba y envasaba con total limpieza e higiene.

Por su parte la industria del hielo, que ya desde el siglo XIX existía y producía barras, bloques y “tejos” para los diferentes usos industriales y alimenticios, creció y se fortaleció con la llegada de las tecnologías para la fabricación de los populares “cubitos” de hielo que permitieron el almacenamiento y uso constante del refrescantes y gastronómico ingrediente.

Es así como la lucha constante para contar con un elemento esencial para la vida ha llegado a constituir una parte fundamental de la infraestructura de esta ciudad y además, al hacerse industria, nos ha traído las facilidades para disfrutar en cualquier parte de una bebida fresca y reconfortante que nos rescata de los implacables calores del verano y nos alegra el corazón.

Guadalajara, Jalisco a 20 de Marzo de 2019

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